Escribe: Ezzio Ramos

De acuerdo. Una comparación acaso injusta, sobre todo (y por encima de todo), para el septuagenario actor Jean-Pierre Léaud, cuya actuación en el film “La muerte de Luis XIV” (La mort de Louis XIV, 2016) fue más un homenaje a la “muerte del cine” que a la misma figura política del Rey Sol. Pero, ¿no es cierto, de todos modos, que entre el escapismo suicida de nuestro expresidente García y la decadencia progresiva del gobernante francés hay una similitud incluso trágica? Y no, no me refiero a que ambos personajes tuvieran sobrepeso, tampoco a que su desenlace fuese una muerte vista inexorable de antemano, sino que, en buena parte, tras su partida, murió también una era, un bloque sólido de los que ahora es difícil hallar.

Me explico.

Archiconocido por su frase “El Estado soy yo”, Luis XIV fue el exponente máximo de los regímenes absolutistas del llamado Antiguo Régimen en Europa, previos al cuestionamiento del orden social que surgió posteriormente, durante la Ilustración. Ninguna decisión sin calcular, una vida-época, una vida-obra: Luis XIV, no obstante, ya en sus últimos días (y así se recrea en la película de Albert Serra) queda atrapado en su propio laberinto de cortes y lisonjas, de embusteros y acomodados. La película, que empieza con el último paseo de Luis XIV por los jardines de su palacio, es la crónica de un aislamiento. Ese último paseo es también el último atisbo de libertad, de mirada al mundo “de afuera”. Todo lo demás, como una premonición fatalista y patética, es lo que, hacia el final de la película y muerto el personaje, comprendemos como las señas de una tragedia inminente.

Y lo mismo ocurre, a su modo, con Alan García. Alan Damián. Caballo Loco. El bailarín del teteo.

Como explica Carlos León Moya en un artículo, a Alan García, desde 2016, las cosas no le iban del todo bien. Cada día se veía más acorralado, sus herramientas retóricas de antaño no se habían adaptado a los nuevos tiempos, a las nuevas formas de hacer política. En ese sentido, podríamos decir que García era también una especie de Rey Sol: siempre inimputable, siempre un paso más adelante que sus adversarios. Su carta de despedida, sumada al hecho de que la tenía preparada desde hace varios meses (según Ricardo Pinedo, su exsecretario personal), era el tiro de gracia a una muerte de espectáculo. Un ego como el de García y una decisión como el suicidio: dupla contradictoria pero que, vista en perspectiva, parece ser la conclusión lógica y hasta predecible para nuestro exmandatario.

Y lo aterrador es que siempre estuvo ahí y no nos dimos cuenta.

Un amigo cercano se despertó al mediodía de aquel 17 de abril. García llevaba ya dos horas muerto, y mi amigo se enteró de golpe todo aquello que yo estuve siguiendo desde las 6 de la mañana. Lo primero que me dijo, tras procesar la información, fue: ¡Siempre lo supe! ¡Era obvio! Y yo: ¿era obvio?

Y sí, conversando con él me di cuenta de que era más obvio de lo que pensaba. Y los días consecutivos se encargaron de darle (y darnos) la razón. Mencioné líneas arriba la carta de despedida, escrita y encargada mucho antes de que cualquiera pudiera imaginar que, esta vez sí, Alan García debería enfrentar a la justicia. Todo ello nos indica que para la mente de García, esto estaba fríamente calculado, incuyendo el discurso de mártir que le atribuirían sus colegas partidarios e ideológicos. Pero esa indefectibilidad no estaba manifiesta solo en el ámbito privado. Ya desde hace un tiempo veíamos recrudecer (y ridiculizarse) cada intento de Alan García por evadir la justicia. El intento de asilo en la Embajada de Uruguay es un gran ejemplo. Otro: la nerviosa aceptación que mostraba cuando le preguntaban por el impedimento de salida del país que le había sido impuesto. Poco a poco. Acorralado. Esta es también una película que comienza con el último atisbo de libertad, y que desde entonces hasta el fin solo es una muestra tras otra de lo inmanejable que resulta el peso de toda una vida que se te viene encima. Y así como el personaje de Jean-Pierre Léaud cae en la torpeza de confiar en esperanzas falsas —¡la máxima figura francesa siendo seducida por un charlatán que le prometía una cura milagrosa mediante un elíxir de dudosa elaboración!—, así, Alan García, engañamuchachos por excelencia, ya no producía una retórica seductora como antes. Se fiaba de un talento oxidado. Y es que también él representó a un modo de hacer y, ante todo, vivir la política que nunca más se vio con los políticos que le sucedieron. Y, con su penosa muerte propinada por sí mismo, una época se cierra por completo. La retórica, en este caso, testamentada en el “desprecio a sus adversarios”, ya solo podía desembocar en un desgaste tal que los hilos de su discurso resultaban evidentes, ya descosidos, hilos que se fueron desbaratando en una huida infinita. Y, con estos, Alan García tejió la cuerda con la que se ahorcó. Una cuerda, un veneno o un revólver Colt .38: suicidio, a final de cuentas.

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