Escribe: Ezzio Ramos

Conversación de medianoche. WhatsApp. F me envía una nota de voz burlándose del nuevo comercial de la Universidad de Lima. Es la nueva empresa y yo, como estudiante de dicha casa de estudios, soy su embajador. Pero F se burla de un modo que yo no entiendo. Así que me armo de valor y le digo algo así como: en el espectro capitalista de la sociedad, tú y yo pertenecemos (cada quien en su rubro) a un nuevo proletariado, el proletariado de las Finanzas o de la Comunicación, solo que en tu caso (F estudió Administración de Empresas en un instituto de la ciudad), perteneces a ese sector alienado del proletariado, el mismo que asume el discurso de su patrón burgués, que en ese caso puede ser un liberal o un conservador. Y F es conservadora. En fin, continúo, tú te burlas del comercial, no porque sea malo per se, sino porque es un comercial enteramente neoliberal. Pero no ves el problema de fondo, que se resume en que la máxima experiencia humana en sociedad se ve reducida al fin último de la empresa capitalista: generar riquezas de forma indiscriminada.

F, siendo fiel a su estilo, me responde: ¡Anda, como si en el fondo tú no quisieras ser un empresario exitoso y millonario!

Y yo, que cavilo durante unos minutos mi respuesta para no irme en floro, atino a decirle: Bueno, aunque quisiera, solo existe un 0,001% de posibilidades de conseguirlo, quizás para mí un 0,002% porque estudio en la de Lima, hogar de la nueva empresa, pero, aun así, ¿realmente valdría la pena? ¿Es la vida una competición en la que, aunque no tengamos nada, nos queda el sueño o la ilusión de vivir en una burbuja pisoteando a la mayoría debajo de nosotros? ¿No somos acaso fichas serviles que mediante ese discurso solo contribuyen a enriquecer al patrón? Nuestro esfuerzo, por cada escalón que nos haga subir a nosotros en la Pirámide de Maslow, al patrón lo hace subir diez más.

Esto ya no se lo digo, pero lo pienso mientras recuerdo nuestros tiempos de adolescentes rockerillos: ¡F, nos siguen pegando abajo!

Minutos después, ella me deja en visto y la conversación termina. Seguramente se va a dormir y yo también. Al día siguiente debemos volver a nuestra moderna realidad: dos jóvenes de veintidós años, yo un practicante de community manager al que no le pagan, y ella una madre soltera que trabaja ocho horas diarias, de lunes a sábado, por no más de 2000 soles.

Quizás algún día seamos millonarios.

 

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