Foto: Vogue

Escribe: Ezzio Ramos Rojas.

Ya está en Netflix la última película del surcoreano Lee Chang-dong, ganadora del premio de la crítica Fipresci del Festival de Cannes 2018. Esta obra, de dos horas y media de duración, nos cuenta la historia de Lee Jongsu, un joven aspirante a escritor que un día se reencuentra con Haemi, una amiga de la infancia, con quien empieza a salir. Sin embargo, tras un viaje a África, Haemi regresa acompañada de Ben, hombre misterioso y adinerado, lo que despertará en Lee más de una sospecha.

Esta cinta, inspirada en relato “Quemar graneros” de Haruki Murakami, llama la atención desde el comienzo por su premisa de ambigüedad e incertidumbre, tanto en el plano social, donde se nos muestra una Corea del Sur con cada vez más jóvenes subempleados, como –y sobre todo– en el desarrollo mismo de la trama. Esto último da pie a una multiplicidad de lecturas, las mismas que parten del conflicto mayor de la historia: un día, Haemi desaparece de manera repentina. Si bien acompañamos a Lee en su creciente angustia hasta el minuto final, la película no se ocupa de esclarecernos este misterio. Por el contrario, nos ofrece pinceladas de posibilidades, sugerencias simbólicas que podrían guiarnos hacia una u otra resolución. Quizás a cierto tipo de espectador esto podría disgustarle, pero Burning sabe cómo llevar la tensión y la duda a su favor.

Para los interesados en revisar cada interpretación, con spoilers incluidos, pueden entrar aquí. Por nuestra parte, nos interesa aportar a la marea de críticas y reseñas de la película un punto que quizás pueda ayudar a dilucidar, no la “verdad” misma de la historia, tampoco la resolución “correcta”, sino aquello que prevalece, sea cual sea el final. Y es aquí donde entra a tallar un término algo peculiar: la liminalidad permanente.

Planteado en su origen por el antropólogo Victor Turner, y desarrollado posteriormente por Arnold Van Gennep, el término liminalidad nos ubica en un espacio intermedio, en el umbral o “limen” que separa una fase inicial de otra posterior. Aplicada a películas, esta liminalidad se presta al desarrollo narrativo del autor. Lo más frecuente, como se puede intuir, es el “nudo” de la historia, cuando se da un conflicto que altera la “normalidad”, y que dura hasta que este problema se resuelve (o no) y la historia aterriza en una nueva normalidad. No obstante, las experiencias narrativas nos enseñan que esta no es la única manera posible, y en el caso de Burning, que oculta tanto como muestra, esta liminalidad no se ubica únicamente en la desaparición de Haemi, sino que está presente desde el principio y perdura hasta más allá del final.

Para empezar, Lee Jongsu se encuentra siempre en estado expectante. Nos enteramos conforme avanza la historia que no tiene empleo formal, pese a que está graduado, que tiene problemas familiares (su padre está siendo juzgado por agredir a un vecino), lo que lo mantiene constantemente moviéndose entre Seúl y su pueblo natal, siempre en esta transición en la que no se ubica del todo, donde la vida transcurre sin un mayor sentido u objetivo. ¿Qué aspira Jongsu? Quiere escribir una novela, quiere trabajar, quiere estar con Haemi. La elaboración de dicha novela se nos mantiene oculta, o lo que es lo mismo, tan presente que no nos percatamos en los límites de su agencia. El trabajo se presenta como algo imposible, inalcanzable. Haemi, desaparecida. Estos múltiples desencantos con la vida lo motivan a tomar diversas acciones que, sin embargo, no concluyen en una resolución propiamente dicha. Incluso el final, con el asesinato de Ben, ni al mismo Jongsu le queda claro su culpabilidad, ni sabemos qué le depara la justicia. Simplemente estalla, llega a un clímax, y la acción se suspende. Jongsu se va, está satisfecho. En ese momento se cierra un proceso tormentoso, el de la sospecha, pero automáticamente después, aunque esto ya no lo vemos, se abren muchas otras posibilidades a partir de la fatídica decisión. La liminalidad, pues, se muestra aquí en un estado permanente, en la ambigüedad, en lo incierto, en aquellos procesos que no sabemos cuándo empiezan ni cómo habrán de terminar. La pesadez del protagonista se nutre de esta incertidumbre infinita, y el director lo maneja de tal modo para contagiarnos de esta sensación que, fuera de los terrenos de la película, invade cada vez más los espíritus de la juventud surcoreana.

Podríamos hablar, a su vez, de la obsesión de Ben por “quemar graneros”, que le da el título al relato de Murakami y a la película misma. Podríamos hablar de la relación que existe entre los establos rurales de Corea, abandonados a su suerte, y las mujeres solitarias y endeudadas, como Haemi, que en un momento determinado arden y se esfuman sin dejar rastro. O, más allá de toda teoría, podríamos hablar también de la “desaparición” por sí misma de Haemi, anticipada por ella previamente como una voluntad de “esfumarse”, de suspenderse en el vacío, con todo el descolocamiento que ello implica. No obstante, tanto la desaparición como la búsqueda, a su modo, tienen su clímax en los graneros en llamas, como la necesidad de finalizar estas fases liminales con un gran incendio que lo consuma todo.

Y quizás esa sea la respuesta.

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