Una sátira sobre el mundo del arte se convierte en un retrato de las contradicciones del viejo continente.

Escribe: Alejandro Núñez

Claes Bang interpreta a un prestigioso director del Museo X Royal en The Square. (Fuente: The Movie Blog)

“Es muy difícil hacer una película sobre el mundo del arte sin caer en la sátira”, dijo Ruben Östlund en una de las muchas entrevistas que hizo promocionando su película The Square (2017), comedia de origen sueco que se ha traducido acertadamente al castellano como “La farsa del arte”.

La trama se apoya en Christian, director de un prestigioso museo de arte contemporáneo en Estocolmo, mientras intenta montar una exhibición llamada The Square, la cual consiste en un cuadrado luminoso en el piso de una sala. Y nada más.

Pese a su simplicidad, la artista responsable defiende su obra bajo el repetitivo dogma de que dicha figura geométrica “es un santuario de confianza y preocupación. Dentro de él, todos compartimos derechos y obligaciones”. La gran duda es, ¿qué pasa con los que quedan fuera? ¿Quiénes son? ¿Por qué se les niega el ingreso?

Dominic West y Annica Liljeblad  en The Square. (Fuente: iMDB)

El segundo film de Östlund está plagado de personajes narcisistas, egocéntricos y obsesionados con el consumo. Han perdido la capacidad de ver más allá de sí mismos, lo cual se refleja en todas las veces que vagabundos (muchos de ellos de ascendencia árabe) son ignorados, o cuando alguien pide ayuda solo para no obtener respuesta.

De hecho, las únicas veces que los habitantes de Estocolmo responden a la voz ajena es cuando pueden sacarles provecho: el menos bendecido solo existe en tanto cumpla alguna utilidad, pero nunca deja de ser un medio, una herramienta.

Desenmascarando el mundo de la “alta cultura”, The Square termina hablando por la Europa moderna: una sociedad que vive en el constante efímero, y que necesita de obras como The Square (la instalación, no la película) para recordarse que, al menos en teoría, habitan “un lugar para todos”, que nadie es tan malo como se dice, por más que esto sea una ilusión.

Terry Notary, conocido por hacer el “motion capture” en películas como El planeta de los simios, es el eje central de una de las escenas más memorables de la película. (Fuente: The Movie Blog)

El crítico literario Herbert Read dijo que la labor del artista era hablarle a la comuna que lo formó, informarle a la gente común de sus latencias, de sus miedos y las verdades incómodas que en el día a día pasan inadvertidas por todos. Si eso es cierto, Östlund se ha salido con la suya al burlarse de su potencial audiencia, ganando la Palma de Oro del Festival de Cannes en 2017, el máximo premio del certamen francés.

Por momentos cómica, en ocasiones tensa y tal vez algo injusta con aquello que parodia, las virtudes de este film hacen que valga la pena sentarse durante sus dos horas y media de duración. “No ha habido nunca una ganadora de la Palma de Oro como esta”, se dijo, y difícilmente lo volverá a haber.

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