Agnès Varda tras recibir el premio Berlinale Kamera. Foto: John MACDOUGALL / AFP)

Agnès Varda falleció el pasado 30 de marzo. El próximo 30 de mayo habría cumplido 91 años. Este es el pequeño homenaje de un amante del cine que, por motivos del azar, coincidió en Berlín con la proyección de su último film en vida, a mediados de febrero.

Escribe: Ezzio Ramos Rojas

Friedrichstadt-Palast, uno de los cines donde se proyectó “Varda par Agnès” (2019). Foto: Archivo Cisco Meraki

El escenario es el centro de Berlín, desde la Potsdamer Platz hasta el Friedrichstadt-Palast (el último edificio suntuoso de la antigua Alemania Oriental). Gentes de todo el mundo se atiborran en estampida. Se dirigen a los cines, a los cafés, a hoteles lujosos con placas que recuerdan la Guerra Fría y a sus caídos, otrora disidentes de nombres irrepetibles. El mundo real está en otra parte. Por ahora gobierna la vorágine y se respira una elegante espectacularidad. La ciudad luce ataviada con pasarelas enormes de jardines luminosos y calles y plazas son coronadas por afiches y monumentos del peculiar oso erguido, aquella figura emblemática de la capital alemana y, para esta ocasión, también de uno de los festivales de cine más importantes del mundo: la Berlinale. La fecha es catorce de febrero y son las seis de la tarde. Unas horas después, yo perdería el bus que me llevaría de vuelta a Múnich. Pero, por el momento, todo parece marchar bien y entonces me dejo perder entre el fervor de las salas y los pasillos lujosos, reconociendo en todas las lenguas un nombre que se repite sin descanso: Agnès Varda. Como reconocimiento a su trayectoria, el festival le entregó el día anterior el galardón Berlinale Kamera y posteriormente proyectó, fuera de competencia, la que sería la última obra de la cineasta belga-francesa: Varda par Agnès (2019). Vista entre líneas, más parece ser la crónica de una muerte anunciada.

Aquel viernes catorce de febrero me acomodé como pude en el asiento del cine. Llevaba una mochila con toda mi ropa y demás souvenirs y no había alcanzado a bañarme antes de abandonar el hospedaje al mediodía. Afuera, la ciudad oscurecía bajo el invierno europeo y de ella se apoderaban los destellos de los cines con sus letreros luminosos y de colores. Me había perdido la premiación, pero no me perdería la película. La enorme pantalla se encendió y, como a punto de presenciar la llegada de un Mesías tanto tiempo esperado, todos lo presentes callamos al mismo tiempo.

El recuento una vida entera dedicada al cine fue a la vez una clase maestra sobre el séptimo arte, una declaración de amor al trabajo sin descanso que Agnès Varda realizó durante más de seis décadas. Aun con tantos méritos detrás, ella evitaba adjudicarse la etiqueta de “leyenda”. Su filme fue una invitación a desafiar los límites de la realidad, a perseguir y sembrar la creación, desarrollando las posibilidades de lo que bautizó como la “cine-escritura” (cinécriture): en fin, la radiografía de una nonagenaria siempre cándida, en fusión constante de su propia identidad con el lenguaje cinematográfico, que recoge las historias en los márgenes de esta gran fotografía que es la sociedad y descubre en ellas el rostro de la calidez humana. Varda par Agnès declara su amor al cine como declara también las intenciones que tuvo siempre a la hora de trabajar, detrás o delante de la cámara, un despliegue de vida y energía por parte de una mujer que estuvo presente (en ciertos casos, adelantándose incluso a sus coetáneos), siempre con una visión aguda de la realidad, en los cambios radicales que experimentó el cine a partir de la década de los sesenta.
No obstante, Varda par Agnès funciona también como un retrato melancólico en el que se enfrenta a la pesadez del futuro, de ahí que esta cinta se posicionara a sí misma como el adiós de Varda con el cine. Casi al final, la directora nos revela el motivo. No es la edad, pues para ella un siglo quedaría corto, ni mucho menos el agotamiento (trabajó hasta el último de sus días), sino la enfermedad. Con una voz temblorosa que luchaba por no quebrarse, la madrina de la Nouvelle Vague nos revela que está perdiendo la vista, la más irónica de las tragedias que le puede ocurrir a una persona que tuvo siempre los ojos puestos en el visor.

El final de esta historia no resulta menos amargo: el 30 de marzo, al poco tiempo de estrenar su película en el Festival de Cine de Berlín, Agnès Varda fallece producto de un cáncer de mama del que recién nos enteramos de su existencia y que, sin siquiera preverlo, ya estaba presente durante la grabación de Varda par Agnès.

Pese a todo, rememorar a Agnès Varda no tiene por qué bañarse únicamente de melancolía, sobre todo cuando sus obras, aun las más nostálgicas, escaparon siempre al confort del desconsuelo. De Varda, con su estilo propio para desdoblar ficción y realidad, nos quedan numerosos largometrajes con inmenso valor, que van desde el brote de aire fresco que significó La Pointe-Courte (1955), precursor en su estilo rebelde de lo que Godard y Truffaut inaugurarían años después, hasta Sin techo ni ley (1985), esta desesperanzada pieza maestra sobre los últimos días de una joven que transita por los despojos del sistema, acercándose de manera indefectible a lo que el sistema depara a sus disidentes: la muerte. O ese retrato humano de la Francia rural, siempre acompañado de tintes autobiográficos, en Visages Villages (2017).

“Sin techo ni ley” (Sans toit ni loi, 1985)

Agnès Varda se despidió con una digna demostración de talento y humildad. Pese al tardío reconocimiento de su obra (un reconocimiento que, por otra parte, nunca constituyó el centro de su interés), nos quedan la solidez y la originalidad de su obra, del mismo modo que nos deja una lección que hoy más que nunca merece repetirse hasta el cansancio: un cine rebelde y consciente no solo es posible, sino necesario. Un cine guiado por el cariño a la humanidad, en especial para quienes viven sin techo ni ley.

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