La capacidad de nuestra generación para tomarse a la broma los viejos pilares ideológicos no conoce límites. Imagen: creación propia.

Escribe: Ezzio Ramos

Un mérito indiscutible, aunque netamente azaroso, que poseemos los nacidos desde mediados de los años 90 en adelante es ser la generación que tuvo la oportunidad de presenciar cómo los errores del siglo XX y parte del XXI se fueron desmoronando ante nuestros ojos, bañando el desconsuelo que nos embarga con unas breves chispas de ilusión. Me disculpará la Generación X, pero no es lo mismo ver caer la Unión Soviética que ver caer a Susana Villarán, a los Fujimori, a Ollanta y Nadine, a Alan García (por más trunco que fuese su desenlace) e incluso a PPK, elegido en primera o segunda vuelta por algunos de nosotros. Nuestra generación, que recién puede votar desde hace pocos años, parece ir recuperando la fe y el sentido de organización popular que, tras el dominio hegemónico neoliberal de los 90’s sumado a su particular (y corrupta) aplicación por parte de Alberto Fujimori, había permanecido reprimida. Y, francamente, no hemos tenido que hacer gran cosa para reafirmar la idea que teníamos de quienes nos gobernaron bajo el voto de nuestros padres. Así, por citar a González Prada, los viejos a la tumba, ¿no? Todo parece indicar un futuro prometedor, una lucha real contra la corrupción, lo nunca visto. Entonces, ¿por qué nuestra generación se sigue sintiendo tan, pero tan desamparada?

Un síndrome de nuestro tiempo

Podríamos decir que quizás llegamos tarde a la repartición del bienestar mundial propugnado por Fukuyama y su Fin de la Historia tras la caída del comunismo (mentira: nunca se nos guardó ni una parte del pastel). Quizás nuestros procesos sociales y políticos no tengan una similitud clara con los acaecidos en los países occidentales de quienes hoy heredamos gran parte de nuestros modelos culturales y de consumo. Quizás todo, tal vez nada. Posiblemente lo único certero es que de todo ello tan sólo heredamos un prolongado desencanto, muy posmoderno, muy de nuestro tiempo, que comenzó a aquejar el mundo entero con su noción de que salvo el hoy, todo es ilusión, y con el que crecimos nosotros, los que votamos por primera vez el año 2016 y los que votarán del mismo modo el 2021, año del Bicentenario de la Independencia del Perú.

Mientras nuestros padres votaban por el candidato, sea cual sea, que mejor canalizaba sus ansias democráticas (da igual, hoy ha de estar muerto o preso), nosotros crecíamos bajo el manto del internet, esta nueva relación cultural con el mundo, abrazados por esta globalización fría y despersonalizada que nos hacía sentir únicos a todos y todas, únicos y únicas, pero solo en el sentido de que cada individuo cuenta cuando se trata de consumir. Los grandes ideales son cosa del pasado, o tanto peor, son un meme: lo que prima hoy, aun si te posicionas en cierta ala izquierda del espectro político, es el eterno parchado de un sistema que todos cuestionamos pero que pocos estamos dispuestos a reconstruir. Y de nuevo el desánimo, la desesperanza. Incluso nuestros postulados ideológicos más sólidos, aquellos que sobrepasan las frases hechas y las fotos en marchas, no tienen una dirección clara más allá de lo contingente, más allá de la denuncia en redes, la marcha un día, la conversación entre amigos y las decepciones, las numerosas decepciones que heredamos por no entender las cosas más allá de nuestro individualismo.

¿Qué discusión ideológica estamos dispuestos a discutir? ¿Estamos condenados, acaso, a que nuestro mayor posicionamiento se dé única y principalmente contra los conservadores o fanáticos religiosos que quieren implantar un neofascismo en el Perú (pues al parecer son los únicos que la tienen clara)? ¿La única opción viable de la izquierda es apostar por su lado más liberal y posicionarse siempre como “anti”? Finalmente, pese a que cierto sentido común nos incita a discernir entre las posiciones de personajes como Verónika Mendoza y Julio Guzmán (izquierda y centro-derecha, respectivamente), ¿puede alguien siquiera entender en qué se basan sus diferencias estucturales? ¿Qué hace que los proyectos regionalistas como los de Gregorio Santos o Vladimir Cerrón nos parezcan limitados, cuando no risibles? En pocas palabras: ¿cuánto estamos dispuestos a negociar de nosotros mismos para proyectar una idea cabal y estructurada del país que queremos conseguir a mediano o largo plazo?

Fuente: Marvelous Mariátegui Memes.

Comprendo que en una realidad tan etérea, fruto de la inmediatez de las redes y la inestabilidad de nuestras relaciones interpersonales (herencia de la posmodernidad), sea difícil construir bloques sólidos a los cuales asirse; sin embargo, ¿con qué nombre bautizaremos el futuro, el ideal que esperamos? ¿Realmente nos interesa pensar en ello? Hay mucho de cierto en la afirmación de que en el mundo de hoy ya no existen derechas o izquierdas. Creo firmemente en una reactualización del término, cuyo origen tras la Revolución Francesa no nos da cuenta realmente de un espectro político cabal. Francamente, y lo dejo a la reflexión, ¿qué implica posicionarse como izquierdista hoy en día? La “derecha”, en apariencia, es fácil de hallar: búsquese a aquellos grupos que, ostentando el poder político, económico y social, influyen en el devenir del país para salvaguardar los intereses individuales o privados por encima de los intereses comunes o “del pueblo”. Hablar de empresas privadas, de trasnacionales, de explotación, de conservadurismo religioso, de capitalismo liberal o capitalismo conservador, de nacionalistas o globalistas: ¿son estas categorías un agregado a la noción, a cierta noción, de “derecha” o pertenece ahí de manera inherente o hay muchas “derechas” como hay infinitas “izquierdas”? Recordemos que hay regímenes considerados izquierdistas que son conservadores en el ámbito social o religioso. Nicaragua, gobernada por los sandinistas, se autoproclama país cristiano a la vez que socialista. Venezuela, en una crisis ocasionada por una mini Guerra Fría y una debacle de la organización popular por culpa de sus gobernantes y la aglomeración autoritaria del poder, ha polarizado el país entre chavistas (que ya ni se sabe si son de izquierda o no) y antichavistas (que son seducidos tanto por Trump como por el liberalismo como por modelos socialdemócratas): todo deviene en un pan con mango confusísimo y que solo podrá devenir, dado el rechazo generalizado a la manida frase “revolución socialista” en un gobierno radicalmente reaccionario. En fin, incluso Venezuela tiene un grupo de poder asentado en la cúpula y que sigue salvaguardando sus intereses bajo cierta premisa revolucionaria, pero actuando de manera policial y fascistoide, por eso lo que alguna vez fue el sueño de cada ciudadano que quería ser libre, ahora parece ocasionar urticaria al millennial promedio. Nadie quiere ser la “nueva Venezuela”, como nadie quiere que “vuelva Sendero Luminoso”, ¿pero no son esos temores fruto no solo de los errores de las izquierdas sino también del discurso decadentista hegemónico? Pareciera que sólo aceptamos la palabra “revolución” cuando es parte de una campaña de marketing.

Fuente: Marvelous Mariátegui Memes.

Entonces, ¿cómo hallar una respuesta sólida si nuestra generación se ha encargado de consolidarse sobre el humo? Los que no piensan en nada no están dispuestos a mancharse las manos para pensar por cuenta propia y construir algo diferente. Y peor aún: los que sí piensan en algo, los que por sentido común rechazarían los monopolios, las malas prácticas y cierto punto de colonialismo cultural, hoy están tan estresados que abrazan este colonialismo cultural para descansar una mente que no les ha proporcionado ningún cambio. Quiero cambiar el mundo, pero veo Avengers. Cuestiono la sociedad, pero gracias a un capítulo de Black Mirror que vi en Netflix. Vi un documental que hablaba bien de Víctor Jara, vi una serie sobre Trotsky, vi una película de un periodista gringo que se hace amigo de Fidel Castro, ¿en dónde vi todo esto? En Netflix. ¿Es Netflix socialista? No, pero tampoco importa. Lo que importa es que incluso los de tendencia socialista puedan consumir allí, lo que importa es que todos consumamos, tengamos nuestros momentos de lucidez y luego apagarnos, estresarnos, escribir artículos de opinión y sentir que podemos cambiar algo y luego… sumergirnos en lo que el fantástico neoliberalismo prefiguró para nosotros, para consumir mientras creemos que sí, que esta o alguna vez sí podremos ser libres.

Abracemos, entonces, el advenimiento del 2021 de la única manera que aprendimos a hacerlo: esperando que llegue el momento, cual tarea que se hace a última hora, para ponernos a pensar, a ilusionarnos otra vez. Y esperando azarosamente que, así como se va cayendo un viejo orden político, se sienten las bases para levantar uno nuevo.

O, en su defecto, que por lo menos no falten los memes para reírnos en unidad. Sounds like communism, but it’s ok👌

¿Qué haría Mariátegui si fuera millenial?

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