En la película Erase una vez en el oeste (1968) de Sergio Leone, el conflicto principal se centra alrededor de una viuda y un magnate ferroviario por el control de una tierra. El terreno en cuestión es el único pozo de agua en la región, imprescindible para que las locomotoras funcionen.

El conflicto, que pronto desemboca en violencia, resulta curioso por una razón: siempre que alguien va a morir, en escena hay algún tipo de agua (un caño que gotea, alguien afeitándose, una bañera). El agua, sinónimo de vida en el resto del mundo, en la película anuncia la muerte. Anuncia, además, el consumo desmedido del capital y su afán por controlarlo todo. Incluso el agua, un derecho humano, se comercializa ante la necesidad.

(Fuente: Mystery Planet)

En el mundo actual, 7 de cada 10 personas cuentan con agua potable. Una cifra cómoda, nos hace sentirnos seguros y, en ocasiones, dar todo por sentado. Pese a que tres cuartas partes del planeta están cubiertas de agua, 97% de ella no es potable. 2% está en los polos. Solo 1% de ella llega a nosotros.

Ciudad del Cabo, Sudáfrica, considera, en estos momentos, cortar el suministro de agua a sus ciudadanos. Ciudad de México, Singapur, Tokio y Melbourne son algunas ciudades que están próximas a su día 0, aquel en que toda solución habrá quedado rebasada por la necesidad de un mundo que desde hace mucho tiempo venía suicidándose. Para el 2040, la situación habría empeorado. El banco Goldman Sachs anunció proféticamente que el agua será el petróleo del siglo XXI. La diferencia es que, sin petróleo, podemos arreglárnoslas. Sin agua estamos todos muertos. Punto final.

Pero el problema va más allá de las cifras. Nuestro mal viene de más lejos. Se relaciona con la forma en que hemos decidido vivir y progresar (si es que a esto se le puede llamar progreso). Nuestros estilos de vida no nos enseñan a ser felices con poco. Agotamos recursos porque solo sobrevivir es aburrido. Siempre se necesita (se quiere) más de más, exprimiendo esta naranja azul que nos ha servido a todos de casa. Extenuamos cada día más el hogar sin que nadie esté satisfecho nunca.

Menores porcentajes de agua potable en el mundo. Los países tercermundistas se ubican en las regiones con más difícil acceso. (Fuente: iagua.es)

El neoliberalismo, ideología económica que ha echado raíces en la educación, la política y hasta en el amor, impone una forma de vida desmedida en todo. Contribuye enormemente a que nadie quiera ahorrar. El neoliberalismo no conoce la humildad. No está en su naturaleza medirse y no fomenta personas que sepan hacerlo. Es una contradicción pedirle a un neoliberal que se mida en algo. Incluso el agua, derecho humano desde 2010, se ha empezado a comercializar y lucrar con los que más necesitan.

Lo cierto es que el mundo al que nos encaminamos puede que no diste mucho de la película de Leone. El agua en el futuro será sinónimo de conflicto, y esto, más que una adivinación, es una seguridad. Y lo seguirá siendo en tanto no se cambie la mentalidad imperante, mientras se siga viendo el ahorro como algo “secundario” y no se le de al agua el valor que, con justa razón, debería tener para nuestra supervivencia.

Escribe: Alejandro Núñez Alberca

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