Revisitamos la figura de Luis Loayza, un gran prosista peruano cuya obra, pese al rompecabezas editorial que la fragmenta, no merece (y se resiste a) caer en el olvido.

Imagen: Diario El Comercio

Escribe: Ezzio Ramos Rojas.

Un escritor oculto, dicen. Un escritor de culto. En fin, sobre él versan innumerables adjetivos que lo acomodan en un podio literario tan elevado como ilusorio. De él, muchos lectores jóvenes no tienen mayor conocimiento, y mejor publicidad que el eventual homenaje no se le da tan a menudo, al punto que, por ejemplo, los dos libros suyos que tengo y he leído son ediciones antiguas o sencillamente maltrechas, adquiridas por una curiosidad tan solo motivada por lo que círculos muy reducidos cuchichean, en los pasillos obscuros de la literatura peruana. Entonces, ¿quién fue Luis Loayza (1934–2018), y por qué Mario Vargas Llosa lloró por él?

Para entender la referencia a Vargas Llosa basta con leer el artículo que el Nobel peruano escribió hace un año, cuando Lucho –o el borgeano de Petit Thouars, como le decían sus amigos– falleció entre el calor de la familia cercana y la sombra del mito construido sobre él. Nacido en Lima, Luis Loayza fue un reconocido narrador, ensayista y traductor. Pero, ante todo, fue un gran lector, un grandísimo devorador de páginas, lo que quedaría manifiesto en la escueta obra que publicó en vida, una obra –contando también las traducciones a grandes clásicos como Stevenson o el opiófago De Quincey– tan lúcida y cuidada que demostraba haber condensado toda la tradición literaria clásica de la que se nutrió desde joven. Es decir, que había leído todos los libros. No es en balde cuando se dice que Loayza coloca cada palabra en su sitio, piensa cada frase con una inteligencia y una idea de estructura tal que la última oración de cada obra suya se concatena casi al milímetro con la primera, como si hubiesen sido contempladas y esculpidas como un todo necesario desde el principio (lo que, por otra parte, no es nada difícil de creer).

De Loayza he leído la novela Una piel de serpiente (1964) y el cuentario Otras tardes (1985). Hablar sobre la primera implicaría hablar también de la travesía que emprendió con Vargas Llosa rumbo a Europa a fines de los años cincuenta, del contexto peruano reciente que los atravesaba, de esa y otras obras que abordaban (o abordarían, en los años siguientes) una Lima convulsionada desde los ojos críticos de una burguesía progresista y joven que renegaba de su clase, en fin, hablar de Una piel de serpiente, su primera y única novela, trae necesariamente a colación los fantasmas de las obras que por entonces pululaban en la esfera literaria más cercana: La ciudad y los perros, por su cercanía en la publicación, y Conversación en la Catedral, por su cercanía en el contexto de la dictadura de Odría y cómo un joven miraflorino se alucina combatiéndola o padeciéndola, si bien es en lo único que se parecen.

Así que, por descarte, me queda Otras tardes, que es buena por sí misma, que, por el tiempo de su publicación, se desmarca necesariamente de cualquier estela literaria de sus coetáneos, o al menos eso me dicta cierta predilección a la ignorancia que, cuando no es atrevida, otorga al lector una candidez y una disposición a la sorpresa que, de otro modo (por ejemplo, conociendo las vicisitudes editoriales del libro, saber qué pasaba con la vida de Loayza mientras escribía: en fin, nimiedades), habría estado marcada por el maleficio de la expectativa, si bien ya tenía expectativa de sobra por el buen sabor de boca que me había dejado Una piel de serpiente, en su fragilísima edición de Populibros.

Otras tardes, publicada originalmente en 1985, es la última aventura narrativa de Luis Loayza, precisamente en la forma breve del relato, del mismo modo que, treinta años atrás, se había iniciado con el también cuentario El avaro (1955). En esta ocasión, Loayza nos presenta cinco cuentos de lo mejor de su cosecha; cuentos que, a decir verdad, parecen haber sido macerados durante las tres décadas que la separa de su antecesor. ¿Por qué? Pues, por lo anacrónico de sus temáticas, la firmeza con que Loayza habla de lo que quiere hablar y no se exige estar al día con los tiempos inmediatos sino con los tiempos de reminiscencia clásica, lo que se agradece, puesto que Otras tardes no es un libro típicamente ochentero, con toda el agua corrida que un adjetivo como tal implica, sino que mantiene el ímpetu duradero y trascendente al que aspiró la literatura del Boom Latinoamericano. Pero ni la época ni el autor hacen de Otras tardes un “libro del Boom”. Conserva, como dije antes, esa perdurabilidad –esto sí– típicamente pequeñoburguesa, latinoccidental. Loayza no se aparta de su lugar seguro ni de los personajes miraflorinos o “tradicionalmente” limeños que por esa época ya estaban condenados a envejecer o desaparecer. Y lo hace, no obstante, con una maestría que de arranque aparta el tufillo de WASP perucho que gobierna el statu quo de sus personajes y nos establece –una vez detallado el tablero de juego sobre el que discurrirá– una realidad narrativa ambiciosa que consigue lo que se propone: la reflexión, el desaliento, el elegante destilado de los matices propios de la condición humana (así, con palabras mayores). Ante la culpa nueva de los tiempos, Loayza nos regala en Otras tardes la demostración del valor de una obra cuando es buena por sí misma y no por blurbs coyunturales.

Un asunto editorial

Fuente: Editorial Pre-Textos

Otras tardes fue reeditado hace poco por la editorial barcelonesa Pre-Textos. En Lima se puede encontrar en librerías especializadas como Communitas a más de 80 soles (20 euros en la web de la editorial). La edición misia que compré en un grupo de Facebook de compraventa de libros usados me salió 10 soles. Mi edición, del año 2000, de la Biblioteca Latinoamericana Contemporánea financiada por la Universidad Ricardo Palma (la misma universidad que ha reeditado su obra mayor en dos tomos: uno de ensayos y otro de relatos), tiene un papel de baja calidad, una portada fea, una mala encuadernación: una edición –sin contar los determinantes designios del tiempo que manchan las hojas– bastante lamentable. Y que ya no se puede conseguir nueva y original, para colmo.

¿Es, por lo tanto, la denominación de “autor de culto” una excusa para arrinconar la obra de Luis Loayza a la mera colección, rareza o exclusividad? Las ediciones locales, como la de la URP, no le hacen juicio a la importancia que merece la obra del borgeano de Petit Thouars. Y la edición española, que cumple con los requisitos de calidad, sabe que no edita a un Cortázar ni a un Vargas Llosa como para arriesgarse a perder ganancias apelando a un sello diferencial: autor de culto, autor de culto, ¡de culto al dinero y la elitización! Si hoy he escrito todo esto, no es sino con la fe de que, ya sea en la edición popular (amén de sus fallas editoriales, puede hallarse en cualquier librero de viejo), o en la edición de coleccionista (que tiene muy buena pinta, no mentiré), corran y lean Otras tardes, y ya de paso, devoren toda la obra de Luis Loayza, que no es mucha, pero es grande. Y ya entonces, una vez descubierto y leído y gozado, alguna editorial independiente (o, por qué no aspirar a más, alguna editorial de gran tiraje) adquiera los derechos y nos ofrezca a los lectores una versión decente, necesaria, con miras a perdurar, y que relance por fin el nombre de Luis Loayza al imaginario literario colectivo, el podio que tanto se le adjudica, pero al que –salvo por ingeniosas estrategias de marketing– tristemente se le niega la entrada.

Quizás, si todo sale bien, podamos llegar al consenso de que los limeños, como los geranios, ante el clima agobiante de la ciudad, sabemos defendernos solos.

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