La película captura los extremos del miedo a lo diferente.

Junior Béjar y Amiel Cayo forman una sólida relación paternal en Retablo. (Fuente: iMDB)

El incesante volumen de la producción nacional no es ya un secreto para nadie. Uno pensaría, quizá, que el mismo aspecto haría a una película más difícil sobresalir. Sin embargo, la película de Álvaro Delgado Aparicio se diferencia de inmediato de la producción media cinematográfica.

Aunque el guión estaba originalmente en castellano, el producto final está narrado mayoritariamente en quechua (supuestamente por idea de Magaly Solier), aunque con varios diálogos en la lengua de Pizarro. En ese vaivén lingüístico se desarrolla una historia dura sobre la discriminación y el odio, pero sobre todas las cosas se realza la relación entre un padre y un hijo ya socialmente muertos.

Manteniéndose más de un mes en cartelera, Retablo entreteje un Ayacucho lleno de simulacros, donde la masculinidad como forma de vida no nos deja en paz ni en nuestros sueños. Cada pichanga, almuerzo o reunión es un escenario de la normalidad, donde todos quieren verse y recordarse que mantienen esa imagen perfecta y continua.

Magaly Solier en Retablo. (Fuente: iMDB)

El golpe verdadero es encontrarse con lo distinto, con esa anomalía indeseable que hace añicos el mundo de cristal de los personajes, pero del cual el mundo real emerge. La violencia de la que son víctimas Noé (Amiel Cayo) y Segundo (Junior Bejar) es diversa en matices: integra desde burlas hasta golpes, pasando por abandonos de quienes en su momento juraron nunca darles la espalda. Es una agresión que no se puede apaciguar, no deja de crecer, y solo se resuelve con el hipotético traslado a otro pueblo, otra provincia, u otra vida.

Incluso la madre de Segundo, Anatolia (Magaly Solier), no tiene reparos en marcharse sin su hijo, quien prefiere quedarse al lado de su padre y cuidar de él. Los amigos de Noé lo golpean, les prohíben a sus hijos que se junten con Segundo y, si el encuentro no puede evitarse, lo llenan de insultos, dirigidos no solo contra él sino a su padre.

El director Álvaro Delgado Aparicio (centro) presentó Retablo a numerosos certámenes cinematográficos, recogiendo galardones en casi todas las ocasiones que pudo. (Fuente: El Comercio)

El año pasado, Aparicio se llevó dos premios del Festival de Cine de Berlín, incluyendo una mención especial del jurado por su ópera prima. Alrededor de 25 premios respaldan la reputación de una película profundamente social. Cinematográficamente, la película juega con una serie de espacios que poco a poco va cerrando. Cada vez se nos deja ver menos del territorio ayacuchano. Los caminos y calles desaparecen, el taller de Noé y el interior de su casa cobran primacía, indicando la creciente soledad de la dupla protagonista ante un mundo indiferente.

Con todo, Retablo habla de una realidad tal vez todavía perturbadora para muchos, pero cuyas consecuencias se dejan ver y sentir en cada crimen de odio que aparece en los diarios de manera recurrente, reduciéndose a la mera rutina. No dejemos que pase.

Escribe: Alejandro Núñez Alberca

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